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Historias de la ciudad: No todos los superhéroes llevan capa

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La noche fría de diciembre y la silenciosa calle gobernaban el panorama frente al que ahora se encontraban Diego y su primo Joaquín. Había sido un largo viaje en camión, y hubiera sido más largo todavía si este no se hubiera tomado el primer retorno después de ingresar a la calle, obligándolos así a bajarse en la siguiente parada.

De todas formas, ya no había nadie en el. Ellos dos eran los últimos que a las 11 de la noche se dirigían a Av. Universidad; ansiosos por reunirse con los amigos que los esperaban en uno de los diversos bares que ofrece el Centro Histórico. La inesperada bajada que tuvieron que hacer los dejaba muy lejos de su destino todavía, por lo que tendrían que hacer el resto del trayecto caminando.  

Sí, eran del tipo de jóvenes que les gustaba salir de fiesta y disfrutar con sus noctámbulos amigos en distintos lugares de entretenimiento. Sin embargo, nunca se caracterizaron por ser los irresponsables fiesteros que en su afán de extraerse de toda responsabilidad y -hasta cierto punto- de llamar la atención, se perdían en sí mismos dentro de vicios como el alcohol, tabaco y drogas que tan disponibles están para la gente que le gusta vivir de noche. No, ellos por más que disfrutaban de la vida nocturna, siempre sabían las responsabilidades a las que tendrían que responder a la mañana siguiente: rendir cuentas ante los padres, cuestiones económicas y asuntos de salud. 

Al empezar a caminar, no tenían ninguna preocupación más que imaginar la reacción de sus amigos al verlos llegar tan tarde y después de caminar tantas cuadras. Si de por si ya iban tarde desde que salieron de casa de Joaquín, ahora, con el inesperado cambio de ruta del transporte público se retrasarían aún más. Claro que esto no era mayor problema. Caminaron por Avenida Universidad en dirección a Bernardo Quintana por algunos minutos bromeando, molestándose el uno al otro, y contándose experiencias; como suelen hacerlo los primos y amigos. Al fin y al cabo, es una ciudad segura y no hay de que preocuparse. “Claro que se puede caminar a estas horas de la noche nosotros dos solos”, cada uno pensaba sin decirle a su compañero, pero ambos secretamente deseando que no tuvieran ningún desafortunado encuentro.  

Cuando iban llegando a la altura del cruce con Ezequiel Montes, divisaron fuera del OXXO de esa esquina -al otro lado de donde iban caminando- a un grupo de jóvenes amigos ruidosos que tomaban unas cervezas tamaño familiar afuera de la frecuentada tienda. Los cantos, insultos y carcajadas que dejaban escapar daban pie a pensar que ya estaban en estado de ebriedad.  Al asumir esto último, Diego pensó que era mejor evitar problemas. Por esto, dijo a su primo en un susurro que no les dirigiera la palabra y que hiciera oídos sordos a cualquier cosa que les gritaran. Pareció invocarlos, ya que justo al terminar de decir esta frase, comenzaron insultos, amenazas y provocaciones. Al ver esto, ambos muchachos mantuvieron la mirada baja y siguieron caminando con nervios y prisa. 

No habían caminado más de 200 metros cuando súbitamente se orilló un coche a su lado, haciendo rechinar los frenos. Obviamente ambos se sobresaltaron, con el nervio de las provocaciones todavía fresco, estuvieron a punto de echarse a correr. Sin embargo, al ver el coche amarillo con cuadros negros característico de los taxis, se calmaron un poco. El taxista, sobresaltado, les insistía en que subieran. Ambos respondieron que no, que ya casi llegaban a su destino, pero ante la creciente insistencia del conductor, acabaron por subirse. Una vez dentro del coche, el conductor les pidió que voltearan hacia atrás. A tan sólo unos metros de donde hace unos segundos estaban parados, se veía al grupo de jóvenes -poco más de 20- que los habían provocado hacía unos minutos, pero nunca se dieron cuenta que los estaban siguiendo. Mientras el coche arrancaba, Diego pudo ver que al menos tres de ellos tenían una navaja en la mano. 

Llegaron sanos y salvos a su destino. Hasta hoy, a  Diego le embarga el sentimiento de gratitud que tuvo hacia el taxista, estando claro que los jóvenes que los habían provocado y después los seguían tenían intenciones más negras que las de sólo provocar. Sin duda alguna, no todos los superhéroes llevan capa. 

 
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